Como hemos ido anotando en entradas anteriores (con una reiteración lamentable de adjetivos como impresionante, imponente, impactante y similares), la variedad y la belleza, los contrastes continuos y dramáticos de los paisajes que nos hemos encontrado nos han sido realmente difíciles de describir (y, seguramente, de asimilar). Hemos estado en sitios que son iconos universales (Niagara, Monte Rushmore, Yellowstone) y, a pesar de eso, nos han maravillado (incluso apuntándonos al tour guiado por Niagara: había que hacerlo). También hemos estado en otros de los que teníamos pocas, pero entusiastas, referencias directas (Grand Teton, Glacier Park) y han cumplido sobradamente con las expectativas. Y, finalmente, hemos visto sitios de los que, aparte de lo que pudieran decir las guías, no sabíamos nada (Badlands, Devil's Tower, Black Hills, Olympic Peninsula) y también nos han deslumbrado. Afortunadamente, el hecho de ser todas estas bellezas tan distintas entre sí, no ha hecho que se den síntomas de saturación. Y todo esto sin contar con algunos de los paisajes que hemos ido viendo desde el coche...
Aún así, y esto - lo confieso - es una debilidad personal, algo muy especial ha sido el encuentro con la Casa de la Cascada (y con su extensión en Taliesin). Es una maravilla absoluta, un ideal en su manera de interrelacionar i integrar armoniosamente obra humana y naturaleza. Realmente, se me agotan las palabras para intentar explicar lo que es y lo que se siente al ir descubriéndola a medida que te vas aproximando y sabiendo más sobre ella.
Y como se me agotan las palabras, creo que es el momento de dejarlo y aquí me voy a quedar.
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