Por tratarse de un viaje con tanta distancia a recorrer y en un tiempo limitado, no hemos podido profundizar mucho en el conocimiento de lo que nos íbamos encontrando. Hemos visitado tres grandes ciudades y pasado por infinidad de las más diversas concentraciones de población: desde una ciudad media pequeña (Columbus), hasta las míseras aldeas-campamento de las reservas indias.
En cuanto a las tres grandes ciudades, a pesar de la visión tan superficial (apenas algún punto de interés y los barrios más céntricos) que, por fuerza, hemos podido alcanzar, hemos percibido diferencias sensibles. Boston sería una ciudad más aristocrática (elegante, distante y un punto seria), Chicago el paradigma de la modernidad (deslumbrante, dinámica hasta rozar el frenesí) y Seattle la más hedonista. El tiempo que hemos dedicado a Boston y Seattle, con todas las reservas, nos ha parecido suficiente para hacerse una idea general de la ciudad; en cambio, en el caso de Chicago no ha sido así. Habrá que volver... y dedicarle más días.
En cuanto al resto de poblaciones, hay que decir que encajan mal con nuestro esquema de pueblo por su falta de un centro claramente reconocible (lo que serían nuestras plazas mayores o las iglesias). Las poblaciones se desarrollan a partir del alineamiento de casas de estilos heterogéneos a lo largo de un eje principal (la carretera), que a veces se cruza con otro perpendicular y entre los cuales se traza una cuadrícula de calles en las que se disponen en resto de las casas. En cuanto al comercio, puede haber algo de tipo más tradicional en la calle principal, pero la mayor actividad está en las grandes, y horrorosas, áreas que se ubican a ambos lados de la carretera a las entradas del pueblo. Nos ha llamado la atención que en cada pueblo, por pequeño que sea, tiene sus templos de más de una confesión cristiana perfectamente señalizados. Las que más hemos visto han sido la metodista, la presbiteriana, la luterana y la católica.
Con todo esto, es realmente difícil encontrar lo que llamaríamos pueblos con encanto. A lo largo del viaje hemos localizado dos que podrían cumplir con esta definición: Woodstock, en Vermont (un pueblo típico del interior de Nueva Inglaterra con casas pintadas de colores, puentes de madera cubiertos, todo muy bien cuidado y en un entorno maravilloso de bosques y ríos) y Port Townsend, en Olympic Peninsula (un pueblo marinero de finales del S XIX que por un azar de la historia quedó congelado en ese momento y se ha sabido conservar estupendamente). Fuera de estos dos, también tenían su gracia el área de menos turismo masivo de York, en Maine (por el ambiente del Atlántico Norte) y un pueblecito perdido del sudeste de Minesota, Lanesboro (apenas una agrupación de casas en mitad de una zona muy silvestre, con ambiente de veraneo relajado).
Un último detalle llamativo. Con la excepción de Seattle y de Cour d'Alene, en Idaho, (y por eso nos han llamado tanto la atención), no hemos visto a la gente pasear: es más, hemos cruzado muchos pueblos en los que no había absolutamente nadie en las calles. Da la impresión de que para los americanos, por su sentido eminentemente pragmático, la calle es un mero lugar del espacio que sirve para desplazarse de un sitio a otro y no un lugar para encontrarse o para ser disfrutar por sí mismo.
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