No voy a ocultar que teníamos una cierta ilusión por darnos un baño en el Pacífico y, entre otras razones, ese había sido el motivo por el que habíamos buscado un hotel de playa. Pues bien, el hotel ha resultado fantástico, con habitación con vistas al océano y un estupendo restaurante marinero (4 semanas después volvemos a probar el pescado); pero el día nos ha amanecido brumoso. Por si fuera poco, un señor muy amable nos ha comentado que:
1. el agua es gélida
2. al tratarse de océano abierto, las corrientes y la resaca son muy fuertes
3. en el mar flotan troncos que, arrastrados por las olas, pueden golpearte
Puestas así las cosas, tras una reflexión, decidimos que quizás haya una ocasión mejor para el baño y enfilamos hacia nuestro objetivo del día: una exploración del Quinault Lake. Es otro increíble lago glaciar, rodeado de intrincados bosques de cedros, otros árboles autóctonos y diversas especies de helechos (tempered rain forest le llaman). Junto al lago, después del paseo por el bosque y del picnic reglamentarios, nos hemos tomado un café (de los de verdad, con taza y todo) en el precioso salón acristalado, y con mucha madera, de un hotel clásico (edificio catalogado, construido hacia 1920) que, por lo que parece, es un refugio de escritores e intelectuales varios (aunque no nos dio la impresión de que hubiera ninguno por allí en aquel momento).
03 septiembre 2009
Olympic Peninsula 2
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