06 septiembre 2009

Epílogo (IV): Lugares

Como hemos ido anotando en entradas anteriores (con una reiteración lamentable de adjetivos como impresionante, imponente, impactante y similares), la variedad y la belleza, los contrastes continuos y dramáticos de los paisajes que nos hemos encontrado nos han sido realmente difíciles de describir (y, seguramente, de asimilar). Hemos estado en sitios que son iconos universales (Niagara, Monte Rushmore, Yellowstone) y, a pesar de eso, nos han maravillado (incluso apuntándonos al tour guiado por Niagara: había que hacerlo). También hemos estado en otros de los que teníamos pocas, pero entusiastas, referencias directas (Grand Teton, Glacier Park) y han cumplido sobradamente con las expectativas. Y, finalmente, hemos visto sitios de los que, aparte de lo que pudieran decir las guías, no sabíamos nada (Badlands, Devil's Tower, Black Hills, Olympic Peninsula) y también nos han deslumbrado. Afortunadamente, el hecho de ser todas estas bellezas tan distintas entre sí, no ha hecho que se den síntomas de saturación. Y todo esto sin contar con algunos de los paisajes que hemos ido viendo desde el coche...
Aún así, y esto - lo confieso - es una debilidad personal, algo muy especial ha sido el encuentro con la Casa de la Cascada (y con su extensión en Taliesin). Es una maravilla absoluta, un ideal en su manera de interrelacionar i integrar armoniosamente obra humana y naturaleza. Realmente, se me agotan las palabras para intentar explicar lo que es y lo que se siente al ir descubriéndola a medida que te vas aproximando y sabiendo más sobre ella.
Y como se me agotan las palabras, creo que es el momento de dejarlo y aquí me voy a quedar.

Epílogo (III): Ciudades y pueblos

Por tratarse de un viaje con tanta distancia a recorrer y en un tiempo limitado, no hemos podido profundizar mucho en el conocimiento de lo que nos íbamos encontrando. Hemos visitado tres grandes ciudades y pasado por infinidad de las más diversas concentraciones de población: desde una ciudad media pequeña (Columbus), hasta las míseras aldeas-campamento de las reservas indias.
En cuanto a las tres grandes ciudades, a pesar de la visión tan superficial (apenas algún punto de interés y los barrios más céntricos) que, por fuerza, hemos podido alcanzar, hemos percibido diferencias sensibles. Boston sería una ciudad más aristocrática (elegante, distante y un punto seria), Chicago el paradigma de la modernidad (deslumbrante, dinámica hasta rozar el frenesí) y Seattle la más hedonista. El tiempo que hemos dedicado a Boston y Seattle, con todas las reservas, nos ha parecido suficiente para hacerse una idea general de la ciudad; en cambio, en el caso de Chicago no ha sido así. Habrá que volver... y dedicarle más días.
En cuanto al resto de poblaciones, hay que decir que encajan mal con nuestro esquema de pueblo por su falta de un centro claramente reconocible (lo que serían nuestras plazas mayores o las iglesias). Las poblaciones se desarrollan a partir del alineamiento de casas de estilos heterogéneos a lo largo de un eje principal (la carretera), que a veces se cruza con otro perpendicular y entre los cuales se traza una cuadrícula de calles en las que se disponen en resto de las casas. En cuanto al comercio, puede haber algo de tipo más tradicional en la calle principal, pero la mayor actividad está en las grandes, y horrorosas, áreas que se ubican a ambos lados de la carretera a las entradas del pueblo. Nos ha llamado la atención que en cada pueblo, por pequeño que sea, tiene sus templos de más de una confesión cristiana perfectamente señalizados. Las que más hemos visto han sido la metodista, la presbiteriana, la luterana y la católica.
Con todo esto, es realmente difícil encontrar lo que llamaríamos pueblos con encanto. A lo largo del viaje hemos localizado dos que podrían cumplir con esta definición: Woodstock, en Vermont (un pueblo típico del interior de Nueva Inglaterra con casas pintadas de colores, puentes de madera cubiertos, todo muy bien cuidado y en un entorno maravilloso de bosques y ríos) y Port Townsend, en Olympic Peninsula (un pueblo marinero de finales del S XIX que por un azar de la historia quedó congelado en ese momento y se ha sabido conservar estupendamente). Fuera de estos dos, también tenían su gracia el área de menos turismo masivo de York, en Maine (por el ambiente del Atlántico Norte) y un pueblecito perdido del sudeste de Minesota, Lanesboro (apenas una agrupación de casas en mitad de una zona muy silvestre, con ambiente de veraneo relajado).
Un último detalle llamativo. Con la excepción de Seattle y de Cour d'Alene, en Idaho, (y por eso nos han llamado tanto la atención), no hemos visto a la gente pasear: es más, hemos cruzado muchos pueblos en los que no había absolutamente nadie en las calles. Da la impresión de que para los americanos, por su sentido eminentemente pragmático, la calle es un mero lugar del espacio que sirve para desplazarse de un sitio a otro y no un lugar para encontrarse o para ser disfrutar por sí mismo.

Epílogo (II): Restaurantes y hoteles

No hemos hecho un viaje precisamente gastronómico: normalmente no disponíamos de tiempo para hacer una buena comida, con lo que la improvisación se imponía. Así, hemos adquirido una larga experiencia en restaurantes de carretera, áreas de comida preparada de hipermercados, compra de comestibles de gasolineras, cafeterías de museos y de parques nacionales, etc. Eso sí, no hemos ido a ninguna hamburguesería. De todas formas, alguna buena comida también ha caído. Para recordar: Harbor Inn en York, Maine (más que nada por el ambiente: un precioso restaurante marinero muy refinado), el bistro chino de Chicago donde cenamos con Andrés (ambiente muy divertido y buena comida china), Morton's en Chicago (uno de los steak-house más caros de la ciudad donde entramos por error... no había para tanto), Yellowstone Mine en Gardiner, Montana (restaurante ambientado en plan mina far west, pero donde nos dieron el mejor steak del viaje), Kalaloch Lodge en Olympic Peninsula (buen pescado), Troiani en Seattle (un italiano muy agradable) y Space Needle en Seattle (más que nada por la vista panorámica, por lo demás, caro y la comida, correcta). Otro tema ha sido las dificultades para tomarse una cerveza (fuera de los bares, claro): entre encontar un sitio en que te vendieran una lata y otro para podértela tomar... (llegamos a ver cómo dos policías, en Idaho, le vaciaban a un ciudadano tres latas en la calle).
En cuanto a los hoteles, hemos estado en 19 y también la experiencia ha sido variada (pero, en general, entre correcta y muy buena). Teníamos reservados desde aquí los de las grandes ciudades y los de los parques nacionales (que nos parecía que podrían ser los sitios más complicados de resolver in situ) y, en el resto, sobre la marcha a partir de la información que podíamos obtener (de guías o de folletos) o de la impresión que nos diera el hotel en cuestión. Salvo en un par de sitios, no hemos tenido ninguna dificultad (el peor, el de las Black Hills, por coincidir nuestro día con la concentración anual de los 500.000 aficionados al coche clásico, encontramos sitio en un motel bastante horrible y francamente caro). En cuanto a los precios, teniendo en cuenta que no hemos buscado sitios de lujo, nos han parecido bastante más que razonables (podrían estar en la mitad de lo que nos podría costar un hotel equivalente por aquí). Además de hoteles urbanos, algún motel (muy bueno el German Village Inn de Columbus, Ohio: amplio, limpio, instalaciones correctas, tranquilo y céntrico... y por menos de 50 € la noche de los cuatro), hoteles de cadena (los que más nos han gustado, los Best Western: amplios, cómodos, muy cuidadas las instalaciones y buenos desayunos, a un precio más que correcto), hemos estado en alguno que se puede recordar:
  • Trumbull House en Hanover, New Hampshire. Encantador Bed & Breakfast en una preciosa casa típica de Nueva Inglaterra, a las afueras de una ciudad creada alrededor de una universidad privada (bastante exclusiva, por cierto). Algo caro para los estándares del país.
  • Riverside Inn en Cambridge Falls, Pennsylvania. Sensacional hotel histórico (de 1880), repleto de antigüedades (alguna de un gusto dudosillo), con un precioso jardín y buen mantenimiento. Muy animado (es el centro de vida social del pueblo)
  • Calumet Inn en Pipestone, Minnesota. Otro hotel histórico, en edificio catalogado, decorado con antigüedades de aire far west. Un tanto decrépito, pero francamente interesante.
  • Cedar Pass Lodge en Interior, South Dakota. Único alojamiento en el interior de las Badlands. Una cabaña cómoda en un entorno impresionante.
  • Colter Bay Village en Grand Teton, Wyoming. Un complejo cerca del Jackson Lake (era un campamento de señoritas de buena familia del Este allá por los años 20) con preciosas y amplias cabañas de madera en un lugar idílico. Espléndido buffet de desayunos (con ese bacon tan crujientito...)
  • Grand Hotel en Kallispell, Montana. De nuevo, un encantador hotel histórico, cómodo y muy bien conservado
  • Lake Mac Donald Lodge en Glacier Park, Montana. Uno de los pocos alojamientos en el interior del parque. Es un complejo de vacaciones (hotel, cabañas y embarcadero) de los años 20. Todo en madera, aire de montaña y a la orilla del lago. Las instalaciones algo justas, pero suficientes y el entorno...
  • Kalaloch Lodge en Olyimpic Penisula, Washington. Otro complejo de vacaciones histórico, frente al Pacífico, con un buen restaurante, en muy buen estado (pero con un servicio de habitaciones mejorable)

¡Ah! y entre los sitios de tomarse un café no hay que olvidar el 100% típico restaurante de carretera de New Ulm (Minesota), el Cherry Street Coffe House de Seattle y el Quinault Lake Lodge de la Olympic Peninsula.

Epílogo (I): En carretera

Teniendo en cuenta que hemos recorrido unos 9.900 Km y atravesado 17 estados en estos 28 días, puede deducirse que la carretera ha sido uno de los aspectos clave del viaje. En general, obras aparte (nos las hemos encontrado por todos lados y el incordio que ha supuesto ha sido variable, con algunos hitos como el atasco en West Virginia o el paso nocturno por Yellowstone bajo la lluvia), nos ha sido fácil movernos: las carreteras son buenas, están bien señalizadas y se encuentran buenos mapas. Aquí también hay que recordar el placer de la conducción por las carreteras de Wyoming: en alguna guía turística (local) hemos leído que ese estado es el paraíso del conductor... y no están demasiado lejos de la verdad.
En referencia a los tópicos, el de la gasolina barata (efectivamente: estaba a 0,50 €/litro, ¡pero los coches automáticos gastan más!) y el de los límites de velocidad, el segundo merece un comentario. Hemos notado que los topes legales, y la flexibilidad de los conductores al interpretarlos, van aumentando de Este a Oeste de tal forma que las velocidades máximas permitidas en carreteras secundarias de Wyoming y Montana (75 mph) son superiores a las de autopistas de la costa Este (raramente superan las 65 mph). En esto, como en muchas otras cosas - como, por ejemplo, la desaparición en este punto de los peajes en la I90, nuestra ruta de referencia - hemos notado que el punto de inflexión era Chicago. Por cierto, que la entrada en esta ciudad fue toda una prueba de tolerancia al estrés: una autopista de 6 carriles con un tráfico intenso de coches a toda velocidad haciendo zigzag y nosotros, en medio, intentando localizar cuál era nuestra salida (evidentemente, no atinamos con ella). En todo caso, hemos ido siguiendo la velocidad general del tráfico y no hemos tenido problemas (a la espera de que nos pueda llegar alguna multa por correo: tengo un adelantamiento a 3 coches a casi el doble de la velocidad permitida - que era muy bajo, la recta muy larga y los coches muy lentos - en el interior de Yellowstone que tiene todos los puntos).
En cuanto al comportamiento de los conductores, si no cometes alguna irregularidad por la que se incomoden, es correcto y tranquilo (excepto, quizás, en Chicago, donde, como todo lo que hemos visto en esta ciudad, se va muy rápido y a toda presión: se oyen bocinazos frecuentes, sirenas a todas horas). Ahora bien si haces algo mal (he tenido ocasión de comprobarlo en un par de ocasiones), reaccionan muy airadamente.
Hemos evitado las autopistas siempre que nos ha sido posible. Aún, así estas también son interesantes, sobre todo para hacerse una idea del parque móvil del país. En cuanto a los coches, son todos de gasolina, los hay de todos los tamaños (a partir del medio-grande, por supuesto) y formas, aunque han perdido práticamente la personalidad de los clásicos coches americanos de años atrás. Lo que ahora se ve es de un estilo a medio camino entre europeo y oriental con algunos detalles de gusto americano. Más o menos la mitad de los coches son japoneses-coreanos, aunque acaban no siendo demasiado diferentes de los de las marcas americanas "de toda la vida". Donde sí se mantiene un estilo propio reconocible es en los pick-ups (abundantísimos a partir del Medio Oeste) y, sobre todo, en los camiones, de los que es difícil ver dos iguales... y todos espectaculares (¡y corren mucho!). Tampoco faltan los moteros, sobre todo en Ohio e Indiana, montados en sus harleys (por supuesto) y con toda la parafernalia propia de la tribu (mucho cuero y edad avanzada: pocos menores de 50 años...).

04 septiembre 2009

Seattle

Para nuestro último día en Seattle no nos hemos planteado nada muy especial: un día tranquilo, de paseo por la ciudad y a lo que salga. Hemos empezado con un desayuno en Starbucks (era como una deuda: es la ciudad madre de la cadena), para seguir por un paseo por el mercado. Aquí nos hemos dado una vuelta por las tiendecitas de la planta inferior, algunas de ellas francamente divertidas: un librería de viejo con un librero sensacional (hasta nos explicaba los argumentos de los libros que hojeábamos, declamándolos en plan monólogo Sir Lawrence Olivier), otra de artículos de magia (un 10/10 en la escala de intensidad friki), otra de comics y artículos de cine en la que no faltaba de nada, etc. Hemos continuado con una vuelta por el Aquarium (peces y pececitos y una auténtica apoteosis del salmón) y una comida informal y relajada en un coffee house muy agradable (con su toque intelectual/alternativo muy propio del lugar).
Después, un poco más de paseo y compras, para acabar en el Seattle Center, al que hemos ido en el monorraíl que montaron para la Expo-62 (ya un poco viejecito, pero que continúa fucionando muy bien). En el Seattle Center, en un edificio de Gehry y junto al museo de rock, está el Museo de la Ciencia Ficción (que en cuanto a frikismo no le va muy a la zaga a la tienda de magia). Y como punto final a nuestra estancia en la ciudad - y en los USA - hemos decidido subir a cenar al restaurante panorámico que hay en la parte alta de la Space Needle (que también está en el Seattle Center). El comedor es un anillo acristalado que va girando (lentamente) y te permite disfrutar de una vista impresionante de toda la ciudad y sus alrededores. Además, como la tarde ha sido muy clara y nos ha coincidido con la puesta de sol, digamos que hemos puesto un colofón al periplo de los que no se olvidan.En cuanto Seattle, nos ha encantado. No sé si es porque hemos atinado con los dos únicos días de sol del año (venden una camiseta de la ciudad que pone "Seattle Rain Festival. 1st january-31st december"), pero el ambiente es genial: mucha gente por la calle, paseando, sentados en los cafés (hay para escoger), apenas se ven corbatas ni caras largas. Se les ve disfrutar y en un ambiente de lo más distendido. El contraste con Boston y Chicago (cada una en su estilo) es muy llamativo: así como en las otras dos necesitas entenderlas un poco y adaptarte a su ritmo, aquí te encuentras a gusto nada más llegar.

03 septiembre 2009

Llegada a Seattle

Con lágrimas en los ojos nos despedimos de Kalaloch y del oceano Pacífico, en su expresión más remota. Hasta una ballena vimos tomando el desayuno. Todavía nos quedaban unos cuantos bosques y lagos en el camino y diversas carreteras en obras, hasta llegar a los alrededores de Tacoma-Seattle. Como expertos en aire puro, avistamos rápidamente cuando se acercaba la amalgama urbana. Nos despedimos de nuestro coche, snif, snif, después de más de 6000 millas recoridas con él (casi 10.000 Km), para volver al estado de paseantes por Seattle.

La primera impresión esta tarde en Seattle es que es una ciudad muy agradable. Respecto a las otras grandes ciudades que vimos, es más "llana" que Boston (y no en sentido geográfico, porque tiene calles empinadas, desde donde hacían rodar antiguamente los madereros sus troncos hasta el mar), y es menos exhibicionista que Chicago. Vuelven la variedad étnica y los alternativos, después del blanco impoluto y tradicional del far west (ya nos hicieron una broma al tomar el ferry hacia Olympic Park, cuando nos recalcaron que en Washington cargaban los coches al barco empezando siempre por la fila de la izquierda).

Hemos paseado esta tarde por el downtown, que se maneja muy bien a pie. El mercado del puerto (Pike Market), aunque algo adulterado por el turismo (como sucede con la Boquería), es entretenido, especialmente cuando los pescadores venden un salmón, celebrado con gran escándalo. Tiendecillas curiosas de todo tipo (desde Black Power Revolution a instrumentos musicales exóticos, pasando por tetería china con degustación de diveros tés). Que aquí nació Starbucks, no nos queda duda: hemos contado más de 10 en el paseo de esta tarde. Pero para el que le gusten los libros: imprescindible visitar la Elliot Bay Book Company.
También nos hemos entretenido intentando adivinar cual era el edificio donde "vive" el Dr Frasier Crane (hay varias apuestas). Para acabar el día, disfrutamos desde la habitación de una bonita vista nocturna a la Space Needle (uy!, esta vez se han despistado y no nos han dado habitación con vistas al parking).

Olympic Peninsula 2


No voy a ocultar que teníamos una cierta ilusión por darnos un baño en el Pacífico y, entre otras razones, ese había sido el motivo por el que habíamos buscado un hotel de playa. Pues bien, el hotel ha resultado fantástico, con habitación con vistas al océano y un estupendo restaurante marinero (4 semanas después volvemos a probar el pescado); pero el día nos ha amanecido brumoso. Por si fuera poco, un señor muy amable nos ha comentado que:
1. el agua es gélida
2. al tratarse de océano abierto, las corrientes y la resaca son muy fuertes
3. en el mar flotan troncos que, arrastrados por las olas, pueden golpearte
Puestas así las cosas, tras una reflexión, decidimos que quizás haya una ocasión mejor para el baño y enfilamos hacia nuestro objetivo del día: una exploración del Quinault Lake. Es otro increíble lago glaciar, rodeado de intrincados bosques de cedros, otros árboles autóctonos y diversas especies de helechos (tempered rain forest le llaman). Junto al lago, después del paseo por el bosque y del picnic reglamentarios, nos hemos tomado un café (de los de verdad, con taza y todo) en el precioso salón acristalado, y con mucha madera, de un hotel clásico (edificio catalogado, construido hacia 1920) que, por lo que parece, es un refugio de escritores e intelectuales varios (aunque no nos dio la impresión de que hubiera ninguno por allí en aquel momento).

Para acabar el día, nos damos un tonificante paseo por la playa y, vistos los troncos que habían depositado las mareas en la arena y el estado del mar, entendemos mejor las recomendaciones sobre la práctica del extreme-swimming en estos lugares. Y como broche, nos regalamos una espléndida puesta de sol en el mar.